En la cima de la cornisa, puedo sentir las nubes arremolinarse, el viento soplando retadoramente. Cierro los ojos y mis brazos. Con que así se sentía Jack.
Karla se
aferra con un agarre de terror a su silla. Como si al caer yo, también fuera a
caer la azotea entera.
-Por favor
solo baja de ahí, podemos hablar de nosotros sin que estés a punto de matarte.
-No lo
entiendes, no estoy a punto de matarme. Esto lo probará. Todos nacemos
con una vida prescrita. Todo lo que consideramos suerte o coincidencia está
planeado para hacernos sentir que hay cierto grado de autonomía en el desorden
del destino.
-Art… – La interrumpo con un gesto de mi mano, pero me ignora. -Arturo, por favor, nos estas preocupando, a todos.
-Karla,
escúchame, no me quiero suicidar, no voy a morir aquí, es lo que trato de
decir, incluso si me tiro de este edificio, no moriré. No está en este momento
de mi ciclo morir. - Juego con la nuez en mi mano. - Es como tener… puntos de
suerte. Yo puedo asegurar que esta nuez caerá antes que yo, y los dos
sobreviviremos. En este momento, este edificio no está dentro de la simulación,
está siendo reconstruido apenas. No hay reglas de causa y consecuencia… todavía.
-Arturo, me
estas asustando. No estamos en una simulación, es el mundo real, de carne y
hueso, si te tiras, morirás. Por favor baja de ahí, estoy muy asustada.
-No tienes por
qué estarlo, mira.
Levanto la
mano con la nuez, y la arrojo al aire, siguiéndola con mis ojos. En cuanto mi
mirada sube, le doy la espalda a Karla y siento un tirón en mi brazo izquierdo,
Karla se había abalanzado sobre mí. Intento zafarme, pero en el forcejeo pierdo
de vista la nuez.
Me doy media
vuelta para empujar a Karla y soltarme, si no me ve caer, jamás creerá. Al
girar, mi pie resbala en la cornisa y puedo sentir mi cuerpo perder el balance.
En algo tenían razón las películas, la visión en cámara lenta es real.
Veo a Karla
debajo de mí, estoy cayendo al lado incorrecto de la cornisa, estoy cayendo sobre
ella.
¡NO! ¡NO!
ASI NO!
Para evitar
lastimarla, la abrazo y me giro boca arriba, caigo de espalda en la grava, con
ella sobre mí, protegida en mis brazos.
-IDIOTA! ¡ERES
UN IMBECIL!
Comienza a
golpear mi pecho. Pero su voz y sus puños se sienten distantes. La grava se
siente plana, como si fuera un papel. Las luces de la ciudad están confundiendose con los colores reales de los materiales. Está pasando otra vez. El glitch se está
cerrando. Estamos volviendo al mundo real.
Esta era mi
última oportunidad de convencerla, y lo he arruinado todo, ahora solo soy un
loco suicida esquizofrénico, un riesgo para mí y mis seres queridos.
Pero... apunté
con el dedo.
-JAJA!
-¡MIRA!
-¡MIRA NO ES MUY TARDE!
-¡MIRA!
Reía como
loco mientras ella me golpeaba, una lluvia de puñetazos y sus lágrimas cayendo sobre
mí. Mi dedo apuntaba a la cornisa. La nuez estaba justo en el borde.
Cuando
Karla me jaló, y perdí mi balance, tropecé con la nuez que había caído en la
cornisa, quizás el viento la había empujado, acercándola al edificio, evitando
que cayera a la calle.
Pero no morí,
mi tesis se sostiene. Algo increíble había pasado, desafiando las
probabilidades y sobreviví, como dije, salí levemente lastimado, entre la caída
sobre mi espalda y los puños de Karla.
-¿No lo vez
Karla? ¡Tengo razón!
El ascensor
fue muy incómodo.
Poco a poco
se calmó. Parecía distante, temerosa, como si yo fuera una bomba de tiempo de
la que ella se sintiera responsable.
Demonios,
si acabo de demostrarle, la simulación es real, los glitches son reales. ¿Cómo
es que no lo ve?
El ascensor
se abrió, pasamos junto al guardia, Marcos, que jamás había sospechado algo. Seguía viendo
su novela coreana y comiendo sus nueces.
Karla bajó
la mirada, apenada, como si hubiera sido su culpa que yo casi me hubiera
suicidado, o quizás avergonzada de que el guardia la viera conmigo. Otra vez,
le doy vergüenza.
Le abrí la
puerta y salió apurada, miré a donde Marcos quien subió una ceja sugestiva.
Apreté los labios y negué con la cabeza. Marcos solo hizo una mueca de
decepción, encogiéndose de hombros. Salí y cerré la puerta tras de mí.
La lluvia había
empezado justo a tiempo para el anticlimático desenlace de mi experimento.
-No puedo
ser parte de esto, Arturo. He intentado ser tu amiga, pero… me asustas cada vez
más.
- Karla, no
necesitas estar asustada, no estoy deprimido o ansioso. No quiero terminar con
mi vida ni con la tuya, es lo que intento-
- Entiendo
que así lo vez. Pero ya no quiero cargar con esto. Tú sabes que una vez que yo decido no hay vuelta atrás.
-Karla…
- Te tengo mucho cariño Arturo, pero no puedes estar en mi vida, y no quiero ser testigo de lo que sea que termines haciendo con… esto.- Gesticula al edificio.
La miré
frustrado. Parecía más un rompecabezas difícil de solucionar que un rechazo
amoroso.
- Por favor
entiende, tienes que dejarme ir Arturo. Tuvimos una bonita relación, y siempre
te tendré en estima por lo que vivimos. Pero eso es todo.
Puedo
sentir mi corazón golpear, cada vez más lento, más contundente, mi cabeza
empieza a doler tras el shock de adrenalina.
- Quizás en
otro ciclo, entonces.
- No hay
otro ciclo, Arturo. Estas son nuestras vidas, son tus decisiones y las mías. Yo
he tomado las mías, tú te resistes a aceptar las consecuencias de las tuyas.
Las gotas
caen con más fuerza, nuestra ropa empapada comienza a ejercer su peso sobre
nosotros. Me estremecí. El viento se siente fresco cuando pasa por la
humedad.
-Me iré a
casa- dice, encogida de frio.
- Te acom-
me interrumpe cuando intento acercar mi mano a su hombro, esquivándola como si yo fuera a prenderla en fuego.
- No, iré
sola.
Sus enormes
ojos abiertos, sin parpadear, se me clavaron, su boca tiesa y su entrecejo casi
imperceptiblemente fruncido. Era su cara de obstinada terquedad.
Definitivamente había tomado una decisión, y no había apelación a la emoción que
la hiciera cambiar de opinión.
Mi silencio
le da a entender que me he quedado sin argumentos, este rompecabezas es difícil
de entender. No es lógico ni emocional.
La veo
alejarse entre gotas de lluvia, cada vez más frecuentes y densas, escucho un
granizo romper en la banqueta.
Me siento
en la escalinata. Recargado sobre mis rodillas, cubro mi boca con mis manos. Mi
parte favorita del día. Encerrarme en mi mente, rumiar.
El azar
siempre me ha dado problemas.
Nunca me ha
molestado la lluvia. Parece tan... azarosa. Calcular la trayectoria, magnitud y
masa de cada gota. Es ese tipo de cosas que casi me hace pensar que todo esto
no es parte de una gigantesca ecuación, que hay un grado de originalidad, de libertad.
Siempre se
me complicó dibujar cosas pequeñas y complicadas como cabello, las hojas del
césped, o de un árbol. Siempre envidié los dibujos hiper detallados de gente
con más paciencia y disciplina que yo. Quizás la creación de un mundo
aparentemente azaroso es sólo eso, decodificación por fuerza bruta. Decodificación
por fuerza de voluntad.
Incluso en
la cocina se me ha hecho difícil entender que los ingredientes sean al gusto.
Una cantidad especifica de pimienta negra es la indicada dependiendo de a qué
ingrediente y a que cantidad de masa de dicho ingrediente se la estás poniendo. O
quizás el grado al que nuestra lengua puede probar la diferencia entre los
microgramos de pimienta tiene ciertos rangos de valores en los que el sabor es
aceptable, a pesar de que la diferencia de partículas entre una opción y otra
tenga miles de millones de dígitos de diferencia.
El truco de
la simulación es que nuestros instrumentos para medir sus pixeles son
limitados. Es como intentar ver individualmente cada gota dentro de la masa de
lluvia
Se siente bien, la lluvia sobre mi cabeza, sobre mi espalda, simula el llanto que antes hubiera caído de mis ojos, cuando todavía sentía algo. Mi gabardina empapada pesa cada vez más. Se siente como el abrazo que hubiera querido recibir, igual de incómodo, pero por diferentes razones.
Por lo menos todavía siento el dolor del
gra…¿ni…zo? ¿No estaba granizando? Definitivamente había escuchado algo caer y
tronar en el piso.
Miro hacia arriba, entendiendo inmediatamente que esa es una forma muy estúpida de checar si está granizando para alguien que usa lentes, o para cualquier persona que no disfrute de tener un ojo morado.
Miro hacia abajo, justo entre mis pies, la veo
delicadamente dispuesta como si por un padre amoroso acostando a sus niños a la
hora de dormir.
La nuez, partida en dos.